La construcción del castillo de Valfermoso de Tajuña puede datarse en el siglo XV. Es opinión mayoritaria de los investigadores que la obra se debió al hijo del primer marqués de Santillana, Pedro Lasso, que intercambió esta población en el año 1444 con el contador mayor de Juan II, Diego Romero. (Layna Serrano, 1994:277-278). Edward Cooper pone en duda esta datación (1991:894) y afirma que la obra puede ser posterior.
Las Relaciones Topográficas (1580) describen un edificio similar al conservado en la actualidad, con una “torre crecida y otra pequeña maciza”. Destacar que nada mencionan del aljibe, que si aparece recogido en la Relación de Irueste, en cuya respuesta número 54 se refiere que en Valfermoso de Tajuña había una fortaleza con “mucha artillería y un algibe”. Layna Serrano menciona la existencia de una tercera torre en una de las esquinas del recinto (1994:276) de la que no queda constancia documental ni gráfica. También comparó la fábrica de la torre de Valfermoso de Tajuña con la del castillo de Torija, paralelismo que ha llevado a otros autores a realizar atrevidas hipótesis constructivas (Herrera Casado, 2000:103). Sin duda es más convincente la comparación que realizó Jiménez Esteban (1992:112) con la cercana torre de Santa Ana (Auñón), datada también en el siglo XV, construcción de dos pisos más terraza, que adopta en su piso superior el sistema de cubierta de bóveda de medio punto con dos arcos fajones de refuerzo. Por último, Edward Cooper considera que la torre del homenaje tendría planta pentagonal. Los restos de la esquina sureste de la torre así parecen confirmarlo, dando a entender que no se trató de una proa añadida con posterioridad a una torre cuadrada, sino que ésta se construyó con planta pentagonal. Las torres pentagonales ya eran conocidas en época helenística y fueron empleadas con asiduidad por los bizantinos a partir del siglo VII. La introducción de esta tipología en España es motivo de polémica, aunque algunos autores se decantan por su origen almohade. Durante el siglo XIV fue utilizada por el linaje de los Manuel, en particular por el infante D. Juan Manuel, que incluyó torres pentagonales en castillos como Alarcón (Cuenca), Cifuentes (Guadalajara) y Montealegre (Valladolid). También fue empleada con profusión en el foco mudéjar toledano, como en una de las torres del puente de San Martín y la torre del castillo de Santorcaz (Madrid), obras promocionadas por el obispo Tenorio. La planta pentagonal suprimía el espacio muerto del frente de las torres cuadrangulares y de las semicirculares, aunque en menor medida en éstas últimas. La arista de la proa dificultaba la acción de las maquinas de asedio y reducía la eficacia de los impactos.
Más interesante si cabe es la mención que hicieron los vecinos de Valfermorso de Tajuña a la obra de un foso que no llegó a concluirse (“una caba que se empezó á hacer, á lo que han entendido de sus antepasados haber más de cien años”). Los fosos eran obras de un alto coste económico para los propietarios de los castillos y en muchos casos quedaron inacabados, ya fuera por la falta de medios o por la paralización ordenada por los monarcas, interesados en evitar la excesiva fortificación y mejora de los castillos señoriales castellanos. Juan Catalina (2001) apuntó que todavía se podían apreciar la contraescarpa de dicho foso y los cimientos de una barbacana que lo defendía, estructuras de las que no se tiene noticia documental alguna.
El aljibe del castillo ha sido objeto de diversos estudios y su datación y autoría también ha generado diferentes teorías. Juan Catalina García (2001) apuntó que los vecinos atribuían su construcción a los “moros”. Francisco Layna Serrano (1933: 73-74) consideró que su construcción dataría del siglo XV, coincidiendo con la construcción del castillo por el hijo del marqués de Santillana. Respecto al alarife que lo ejecutó, la utilización de una fábrica de ladrillo (distinta a la empleada en el castillo) y de un sistema constructivo “arcaico”, conformado con bóvedas de cañón sostenidas por “arcos semicirculares, prolongados, sostenidos sin líneas de separación por esos esquemáticos capiteles piramidales”, le hizo considerar que se trataría de un alarife musulmán traído al efecto desde Granada. Herrera Casado (2002) sigue las teorías de Layna Serrano. Basilio Pavón Maldonado (1984:158) mantiene el origen islámico del alarife, pero sitúa su construcción en la segunda mitad del siglo XIII. Una hipótesis intermedia fue la planteada por Jorge Jiménez Esteban (1992:112), que considera que podría tratarse de una fábrica islámica reutilizada y ampliada en el siglo XV.
Sin embargo, Manuel Gómez Moreno despejó las dudas sobre la autoría y fecha de construcción del aljibe en su artículo sobre el primer renacimiento español (1925:35). El historiador granadino localizó una serie de cartas del Conde de Tendilla en las que se mencionaba a un albañil morisco especialista en la construcción de aljibes (“maestro de hazer algibes”), Francisco Hernández, el Valencí. Este albañil construyó los aljibes de castillos tan importantes como el de la Calahorra (Granada), hacia el año 1509, y el de Vélez Blanco (Almería) en el año 1517.
En una carta fechada en el palacio de la Alhambra de Granada en Febrero del año 1513, el Conde especifica que el Valencí estaba obligado a “acabar un algibe que tengo començado por su mano en mi villa de Valhermoso” (Meneses García, 1974: Tomo II, 175). Este importante documento no deja dudas respecto a que fue este albañil el encargado de construir el aljibe, obra que sería encargada por el Conde de Tendilla entre los años de 1511 y 1512, cuando se resolvió el pleito posesorio con el duque del Infantado. Otros importantes castellólogos han avalado la atribución de Gómez Moreno, como Edward Cooper (1991:894) y Amador Ruibal (1992:80).
Por último, la fortaleza de Valfermoso de Tajuña no puede entenderse sin la cerca urbana que protegía la puebla. En las Relaciones Topográficas se menciona que esta muralla estaba caída al menos en la mitad de su perímetro, conservándose únicamente el sector occidental (respuesta 30: “más o menos cercado con calicanto en partes por la parte de poniente y las demás partes la cerca caida”). Se trataba de una cerca de cal y canto, lo que permite suponer que su fábrica es de época bajomedieval, aunque no se hace referencia a puertas, postigos y torres en su perímetro.
No se han localizado documentos históricos referentes a la cerca urbana. En el Catastro de Ensenada (1752) no se hace mención de ella y en ninguno de los linderos de las casas que conformaban el pueblo aparece citada, como ocurre en otros núcleos amurallados como Hita, Palazuelos y Trijueque. Este hecho permite suponer que en el siglo XVIII no quedaba en pie ninguno de sus lienzos, bien por haberse reaprovechado su mampostería en obras particulares, o bien por haber amortizado parte de sus muros en cercados y edificios. En el plano del Instituto Geográfico Nacional aparece una calle “de la puerta de la villa” (denominación que se mantiene en la actualidad), situada en el lado occidental, sector que en el siglo XVI todavía conservaba la cerca en pie. Sin embargo, no se dibuja ni señala resto alguno de la cerca ni de sus puertas.
Según Juan Catalina (2001), algunos vecinos todavía recordaban un torreón de la muralla, que identificó como parte de la puerta de acceso desde el llano. El mismo autor refirió que todavía se veían restos de la cerca.
El testimonio aportado por los vecinos en las Relaciones Topográficas permite conocer que el castillo se encontraba en buen estado de conservación en la segunda mitad del siglo XVI. Los vecinos que respondieron al cuestionario dieron noticia de que contenía gran número de piezas de artillería, “con sus carretones, bien aderezada unas piezas de culebrinas y otros tiros fuertes, y otras piezas de bronce con mucha cantidad de vallestería, y escopetas y arcabuces, y morriones, y armas de corazas, y otros géneros de armas al tiempo viejo”. En este mismo sentido se expresaron los vecinos de Irueste: “una fortaleza con mucha artilleria”.Aunque para algunos autores el castillo debió de contar con más dependencias subterráneas, lo más probable es que en el patio de la fortaleza, situado sobre el aljibe, se encontrase un edificio destinado para armería, como sucedía en otros castillos como Cogolludo.
A pesar de contar con este importante arsenal, Layna Serrano publicó una carta remitida el 6 de Abril de 1583 por el alcaide de Valfermoso de Tajuña, Gabriel Ramírez, al Conde de Tendilla, de la que se deduce el poco uso militar que se hacía de la fortaleza y del armamento custodiado en ella (1994:278-279).
El alcaide había sido acusado de haber sustraído parte de los arcabuces, coseletes y celadas que se guardaban en la armería. El acusado se defendió argumentando que había prestado 36 arcabuces y varios coseletes y celadas al concejo y al mayordomo del cabildo del Santísimo Sacramento de la iglesia parroquial, para que, una vez limpiados y arreglados, fuesen empleados en las fiestas en honor del Sacramento. Una vez concluida la ceremonia religiosa, las piezas fueron devueltas a la fortaleza, como demostraba una carta de pago y un inventario que remitió al Conde como prueba de su inocencia.
La carta del alcaide de Valfermoso de Tajuña no hizo sino anticipar el progresivo abandono y desmantelamiento de la fortaleza. Consultados los libros de cuentas del estado de Mondejar (Archivo Histórico Nacional, Madrid) de los años de 1600 a 1730, no aparece reflejado ningún pago para reparos o mantenimiento del castillo, mientras que la entrega de dinero para otros edificios, como el mesón de Tielmes (Madrid), los molinos de Querencia o de Armuña, las tenerías de Corpa (Madrid), Mondejar y Tendilla, o el palacio de Mondéjar, son constantes y cuantiosas, lo que denota que la Casa Ducal únicamente estaba interesada en conservar aquellos inmuebles que le producían rentas o que eran empleados como residencia habitual. Se da el caso que los duques de Tendilla donaron varias cantidades de maravedis para diversas obras en la iglesia, mientras que nada se menciona de su fortaleza.
En el siglo XVII, el castillo estaba reconvertido en almacén para materiales de obra y otros enseres de la iglesia parroquial de San Pedro.
Así lo atestiguan varias noticias recabadas en los libros de fábrica de la iglesia conservados en el Archivo Diocesano de Sigüenza, que abarcan desde el primer cuarto del siglo XVII hasta el año 1830. El 21 de Julio de 1626 el mayordomo de la fábrica parroquial compró una nueva puerta para “el sotano de la iglesia”. El 10 de Marzo de 1678 se pagaron 408 maravedis por el arreglo de dicha puerta “del sótano”. Es posible que estas dos primeras noticias hagan referencia a un sótano que, según algunos testimonios recabados en Valfermoso, existía en la zona del presbiterio de la iglesia. Unos huecos rectangulares en la parte baja del muro del ábside podrían confirmar su existencia. Sin embargo, la zona de la cabecera de los templos era el espacio fúnebre de mayor relevancia, espacio reservado para personajes nobles o para mecenas de las iglesias. La existencia de este sótano no podrá confirmarse hasta que se lleven a cabo labores arqueológicas en la iglesia y su entorno.
Un apunte en el libro de fábrica de 7 de Noviembre de 1669, si confirma el uso del castillo como almacén de la parroquia. Según este apunte, se pagaron 1.100 maravedis por aderezar unas dalmáticas rojas y por “hechar un candado y aderezar las puertas del castillo donde se guardan los trastos de la Yglesia”.
No hay constancia documental del año en que los Condes decidieron entregar el castillo a la iglesia, pero esta situación se mantuvo al menos hasta el primer cuarto del siglo XIX, ya que el 18 de Abril de 1818 la heredera del cura párroco de Valfermoso de Tajuña reclamó a la fábrica de la iglesia su parte de las “fanegas de cal y numero de ladrillo y teja que el espresado difunto tiene almacenado en el castillo de esta villa y tomó con destino para los reparos que se ofrezcan en la fabrica”.
Tampoco se sabe con certeza la figura jurídica que se acordó para el uso de la fortaleza como almacén. No se menciona entre las propiedades eclesiásticas del Catastro de Ensenada, lo que descartaría un cambio de propiedad. También se debe descartar el alquiler, ya que en el mismo Catastro la fortaleza no aparece reflejada, lo que indica que los Condes no recibían ninguna renta en tal concepto. Es probable que se tratase de una donación o que se incluyese el castillo como parte de un censo a favor de la parroquia, aunque esta última posibilidad debería de tener reflejo en el Catastro, cosa que no ocurre.
En cuanto a la ocupación de parte del solar del castillo para instalar el cementerio parroquial, la falta de documentación impide conocer cuándo y cómo se produjo. Los libros de fábrica de la iglesia señalan que en torno al año de 1891 se trasladaron muchos cuerpos al camposanto, posiblemente desde el interior del templo. En el año 1893 se pagó a Cesareo Talvo por arreglar la cerca del cementerio y a Felipe López por una cruz de madera que debía de situarse en el centro del camposanto. Sin embargo, en los libros de defunciones parroquiales la primera mención de un enterramiento en el cementerio data del año 1839.
Existe una total falta de noticias documentales hasta el año 1897, cuando el Instituto Geográfico Nacional realizó el primer plano urbano conocido de Valfermoso de Tajuña. En él se señala que el castillo estaba ya en ruinas. Según el plano general del casco urbano, el recinto se dispone en forma triangular, solución de difícil aplicación en la arquitectura militar, más si se tiene en cuenta que se crearía un ángulo recto (menos resistente a los ataques y más difícil de defender) en la zona más vulnerable del castillo. Sin embargo, en el cuaderno de campo de los ingenieros que realizaron las mediciones del núcleo urbano, se aprecia una disposición más coherente con los principios de la castellología bajomedieval, como un espacio rectangular cerrado en sus lados menores por la torre del homenaje y la torre semicircular maciza, con el aljibe situado entre ellas. Las líneas punteadas indican que los lienzos entre las torres se conservaban, aunque fueran únicamente unas pocas hiladas de sillares o de mampostería.
Cuando Juan Catalina visitó el pueblo para redactar el catálogo monumental de la provincia, el aljibe estaba reutilizado como una bodega. Layna Serrano (1933:73) describe el estado del aljibe, del que destaca su buen estado de conservación a pesar de haber sido reutilizado como un pajar, “y, con tal objeto se han abierto las puertas y ventanucos mencionados, y dividido su interior en dos pisos y varios compartimentos mediante deleznables tabiques”. En este mismo estado lo pudo fotografiar Edward Cooper.
En las respuestas al inventario de castillos de España, redactado por el Ministerio de Educación Nacional en el año 1951, el Ayuntamiento de Valfermoso de Tajuña contestó en Mayo de aquél año, que del castillo sólo quedaba una fachada, una torreta y el aljibe. En cuanto a la propiedad del mismo, declaró que era de titularidad municipal.
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